Existe una personalidad ideal, es decir, una personalidad con unas serie de características perfectas desde el punto de vista teórico. Esta personalidad no existe en la realidad. Nadie tiene una personalidad así, sino que solamente se puede hablar de personalidades normales, que son las que se desvían del punto teóricamente ideal en algunos aspectos, pero no de una forma muy acentuada. Cuando existe un alejamiento muy pronunciado de la personalidad ideal en varios aspectos, lo que se traduce en la presencia de varias características de personalidad patológicas, podemos considerar de la existencia de un trastorno de la personalidad.
Desde este punto de vista, el límite teórico en dónde una personalidad deja de ser considerada normal para pasar a ser catalogada como enferma, es difícil de precisar, ya que el camino que conduce desde la personalidad normal a la patológica, es una línea continua donde es imposible delimitar la frontera exacta que separa la salud de la enfermedad. Sin embargo, en la práctica, las características de los trastornos de la personalidad son tan acentuadas y sus consecuencias negativas resultan tan evidentes, que no es difícil diagnosticar estos trastornos.
En la mayoría de las ocasiones, el modo de comportarse de quienes padecen un trastorno de la personalidad, no es muy diferente al del resto de las personas. Se trata de sujetos que son aparentemente normales, que no llaman la atención a primera vista y que pueden comportarse con toda normalidad en muchos momentos y en muchas situaciones.
Lo que más les diferencia no es cómo se comportan en un momento dado, sino que determinados comportamientos anormales tienen carácter permanente, por lo que se repiten de forma invariable y constante, ocasionándoles problemas importantes en sus relaciones personales, con la familia, con los amigos, en el colegio, en el trabajo y en otros contextos de su vida cotidiana.